Horacio Quiroga nació en 1878 en la ciudad uruguaya de Salto. Su vida se desplegó en un transcurrir de trágicos acontecimientos que explican por qué la muerte, único y tenaz fantasma que lo asedió, será una presencia obsesiva en su obra. Contaba apenas con seis meses de nacido cuando se produjo el primer suceso trágico: su padre murió de un disparo accidental cuando volvía de una cacería.
Con las segundas nupcias de su madre en 1891, se trasladó a Montevideo donde estudió en el Instituto Politécnico. En 1896, nuevamente la tragedia: el suicidio de su padrastro, a quien estaba unido afectivamente.
En 1900 viajó a París, en donde entró en contacto con escritores del movimiento modernista, como Rubén Darío. A su regreso, fundó junto a Leopoldo Lugones y otros escritores el primer cenáculo modernista del Uruguay.
En 1902 se produjo otro de los funestos acontecimientos que dejaron una huella profunda en su vida: revisando un arma, mató accidentalmente a uno de sus amigos más entrañables. Decidió, entonces, dejar Montevideo y trasladarse a Buenos Aires, donde se dedicó a la enseñanza de lengua y literatura en la escuela Normal Nº 8.
En 1909 contrajo matrimonio con una de sus alumnas, con la que se trasladó a vivir a San Ignacio, en plena selva misionera, que a partir de entonces se incorporará como escenario en su mundo literario. Sucesivos fracasos económicos y la muerte de su esposa en 1915 por una fuerte dosis de cianuro, lo llevaron a regresar a Buenos Aires donde, gracias al apoyo de sus amigos, obtuvo el puesto de secretario-contador en el Consulado General de su país en Argentina.
En 1927 se casó con María Helena Bravo, una de las amigas de su hija Eglé, con quien tuvo una hija. En 1932, la familia se trasladó nuevamente a Misiones, pero nuevas dificultades económicas y el descontento de su esposa por vivir en San Ignacio provocaron la separación en 1936.
En 1937, Horacio Quiroga se suicidó cuando supo que padecía cáncer.
La trascendencia de Horacio Quiroga como escritor está vinculada fundamentalmente a su producción cuentística, pues con él aparecen en Hispanoamérica dos elementos novedosos en los que se reconoce la influencia de Edgar Allan Poe y Guy de Maupassant: la consagración del cuento como subgénero con leyes propias como la economía expresiva y el efecto sorpresa.
Los cuentos de su primera etapa responden mayoritariamente a la estética modernista. En los relatos de El crimen del otro (1904) y Los perseguidos (1905) esta influencia es visible, sobre todo en el gusto por la truculencia.
A partir de 1910, la segunda etapa de su producción, la selva misionera se convierte en el escenario donde el hombre lucha por adaptarse a un territorio cuya naturaleza, destructivamente, se opone a sus empeños o coopera con ellos, en una especie de mesianismo natural, ayudándole a alcanzar la plenitud de su condición. En esta lucha, en ocasiones la razón resulta derrotada. La locura no fue en Quiroga sólo un tema literario. Durante toda su vida estuvo acechado por ella.
Pertenecen a esta etapa Cuentos de amor, de locura y de muerte, que aparecieron en diversas publicaciones periódicas y fueron posteriormente reunidos en 1917.
En Cuentos de la selva (1918), a la manera de los grandes fabulistas, Quiroga trasmite valores a los niños.
Es autor también de El salvaje (1920), Anaconda (1921), El desierto (1924) y Los desterrados (1926), donde se recogen relatos de intenso y sorprendente dramatismo.
Intensa fue también su actividad periodística; escribió para "Caras y Caretas", "La Nación", "El Hogar" y "La Prensa".
Como novelista publicó en 1908 Historia de un amor turbio, novela inspirada en las lecturas de Dostoievsky.
Pero Quiroga fue fundamentalmente maestro del cuento. Preocupado siempre por perfeccionar el estilo, logró una prosa concisa, desprovista de cualquier adorno. En general, ubica al lector en plena acción desde las primeras líneas con un vigor descriptivo magistral.
El horror y la dureza de algunos de sus cuentos no responden a una tendencia sádica ni a indiferencia por el sufimiento ajeno, sino al auténtico horror que Quiroga conoció en su propia vida.
Con respecto a la muerte, que aparece en la mayor parte de sus relatos como acción principal, final, detalle incidental o circunstancia, Héctor Tizón ha dicho: "La muerte no es abordada en Quiroga desde la metafísica; la muerte al menos en la obra no es un escándalo abstracto sino un hecho que acaece." En efecto, no es ella materia de simple reflexión sino una presencia con rostro atroz.
Leonor Fleming, en el prólogo a la edición de los cuentos de Quiroga editada por Cátedra, señala que la muerte aparece en sus relatos de dos maneras distintas: como un hecho azaroso y repentino, ligado al ciclo de la naturaleza (así se presenta en cuentos como "El hombre muerto" y "A la deriva") o como una lenta degradación en la que el cuerpo sobrevive a una personalidad desgastada por la potencia de un medio aniquilador, como ocurre con los personajes de Los desterrados.
"A la deriva" está estructurado en base a un contrapunto entre la percepción optimista pero equivocada de la víctima y los síntomas evidentes de su desenlace. Éste, el instante "supremo entre todos", aparece desmitificado por los recuerdos intrascendentes que, en un desvarío inconsistente, se suceden en la mente de la víctima. La naturaleza, en cambio, se adecua a los acontecimientos.
"A la deriva" pertenece a Cuentos de amor, de locura y de muerte.
Todos los cuentos aparecen recopilados en Cuentos, editado por Cátedra.
© Ediciones Cátedra S.A., 1994.